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Miércoles 23 de noviembre de 2016

Naufragó, estuvo 438 días sin comida ni agua y sobrevivió

Salvador decidió contar su historia en un libro porque, recuerda, mucha gente sufre por cosas que pasan sólo en su cabeza: él no tenía comida, no tenía agua, estaba solo pero, dice: «Si yo pude conseguirlo, también tú puedes

José Salvador Alvarenga asegura que no perdió la fe en los 438 días que estuvo a la deriva. Si bien pensó en el suicidio sólo una vez en el casi año y medio que estuvo como náufrago, su experiencia de 15 años como pescador hizo que no perdiera la calma en su barca.    

«Tienes que trabajar en vivir, trabajar por tu vida», afirma Alvarenga en una entrevista con Efe en Madrid, donde se encuentra promocionando «Salvador», el libro que el periodista norteamericano Jonathan Franklin ha escrito sobre la odisea vivida por el salvadoreño entre 2012 y 2013.

El 17 de noviembre de 2012, Alvarenga y su compañero Ezequiel Córdoba salieron de la costa de Chiapas (México) para ir a pescar en su pequeña embarcación pero un temporal les pilló alejados de la costa y no pudieron regresar. Catorce meses después, Salvador arribó a la playa del atolón Ebon en las islas Marshall, en el Pacífico Sur, a 7.000 millas de donde había salido tras haber permanecido en su barca sobreviviendo a base de pescado crudo, tortugas, pequeños pájaros, agua de lluvia y su propia orina. Su compañero Ezequiel había fallecido hace meses.

Salvador decidió que su historia debía contarse en un libro por que, recuerda, mucha gente sufre por cosas que pasan sólo en su cabeza: él no tenía comida, no tenía agua, estaba solo pero, dice: «Si yo pude conseguirlo, también tú puedes. Si una persona con depresión evita el suicidio gracias a leer esto, el libro ya habrá sido un éxito».

Alvarenga está convencido de que si no hubiera sido pescador habría muerto y que sobrevivió gracias a lo aprendido durante 15 años en el mar.

El primer mes de naufragio, recuerda, fue el peor: no tenían comida, no tenían agua y había numerosas tempestades.

Hasta que recurrió a la sangre de tortugas marinas que capturaba y, posteriormente, las corrientes oceánicas y los vientos les llevaron a zonas donde llovía de vez en cuando.

Después de tres meses a la deriva, su compañero murió. Además de que no quería comer pájaros, a Ezequiel «lo mató el pensarlo», sostiene Alvarenga, que recuerda cómo éste creyó siempre que iban a perder la vida.

«Yo me decía que no iba a fracasar. Vivir, comer, no me quise dar por vencido. Le pedía a Dios que no me dejara morir de hambre», repite el pescador.

La basura que hay en el océano fue una aliada para el náufrago que llegó a reunir más de 70 botellas de plástico que usaba para almacenar agua de lluvia, junto a un barril flotante que chocó contra su barca y con el que fabricó un cubo.

También utilizó una pieza de espuma de poliestireno del tamaño de un colchón individual para que su barco fuera más visible desde el aire y para atraer a aves que capturaba para comérselas.

Tras llegar al atolón y ser rescatado por habitantes del lugar, tuvo que volver a embarcarse para ir al hospital y lo hizo casi a la fuerza porque no soportaba regresar al mar.

Ahora, explica, acaba de comprarse una lancha para perder el miedo, algo que forma parte de la terapia médica que sigue tras el naufragio.

Una odisea que le ha hecho un hombre mucho más tranquilo: antes era el pescador más inquieto, el que más se alejaba. Ahora quiere estar en casa, «lo más lejos posible del peligro», señala.

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